martes, 6 de mayo de 2014

Mírame, mírame.


Hay veces en la vida
en las que te topas con miradas
que perforan  hasta el más sólido corazón.

Aunque a mí me gusta creer que no son las miradas,
sino las personas.

Personas que caminan descalzas,
pero no descalzas sin zapatos ni calcetines…
No.
Descalzas de espíritu,
manchándose los pies en cada paso
 y con las entrañas en la mano.

Personas tan trasparentes que hasta puedes
Ver el color de su alma.

A mí las almas que me sacuden los cinco sentidos
son azules, azules como el mar.
Y no, no es casualidad.

No existen las casualidades,
existen los momentos y las personas adecuadas.
Existen las pupilas auténticas y dilatadas,
existe la intención y las ganas,
eso sí existe.

Existe que te mire
y congele el jodido mundo bajo tus pies.

Son esas miradas cómplices que grabarías a fuego
sin miedo a abrasarte en un incendio de emociones.
Esas que están latentes, esperando despertar.

Que te mire así
y  la vida se te haga eterna por instantes.
Que se muera el cielo y sus estrellas
si tiene sus pupilas dentro de mí,
dilatadas, muy dilatadas.


Joder,
Dejaría que os mirase un sólo segundo
como me miró,
para que entendieseis lo que es
la puta perdición.






domingo, 4 de mayo de 2014

Ni entendéis de educación, ni sabéis follar.










ESAS PERSONAS

¿Sabes ese momento inconsciente en el que te das cuenta que llevas un rato sonriendo?
Y sí, por ese alguien.

Me encantan esas personas que entran por sorpresa en tu vida y te la sacuden.

¿El destino?

Yo no creo en el destino, es una posición muy cómoda para dejar en manos ajenas 
lo que realmente está en las mías.

Me gusta saber que soy yo quien coge la pluma, moja la tinta y escribe el próximo capítulo.
Tener la opción de elegir dónde poner una coma, una interrogación, 
unos puntos suspensivos o un necesario punto y final.

Y aun siendo yo quien maneja el lápiz, siempre habrá cosas que se escapen de mi concepción
 porque no soy yo solamente, también es el resto del mundo el que me rodea…
Pero eso siempre formará parte de la vida y la enriquecerá.

Recuerda que a cuánta más oscuridad, más brillan las estrellas.

Ante una inesperada situación, un chute de adrenalina y una puesta en marcha de la creatividad, 
escribe otro capítulo con la mirada alta. Merece la pena.

Merece la pena esforzarte por mantener a esa persona que te hace sonreír al lado, merece la pena bajar el grado de tu orgullo en cuestión de optimismo, de riqueza propia y ajena, 
de humildad ante alguien que te proporciona un aliciente de felicidad en la vida.

No es el destino quien la ha puesto ahí, eres tu quien la ha dejado entrar.

Y una parte importante de ti mismo es quien debe esforzarse por mantenerla al lado, 
independientemente de las circunstancias que jueguen en tu contra.

Busca la forma y encuéntrala. Si te hace sentir bien, lucha por ello.

Esa persona que piensas “es diferente, distinta”  porque te aporta un ápice de luminosidad
 o un torbellino de colores que usualmente escapan de tu contexto, 
de tu vida cotidiana.

Hay gente que tiene una especie de brillo en la mirada indescifrable, lleno de actitud, de libertad azul.

Hay gente que tiene el mar completo en su mirada 
y no es una casualidad.

Y confieso que el mar es mi calma, mi paz.


miércoles, 12 de junio de 2013

MI LÍMITE

Me quedé con sus palabras en el bolsillo,
esas palabras que un día me salpicaron el alma
con la mejor tinta de las pasiones.

Y ahora pienso, 
¿Qué hacer cuándo no quieres irte
pero tampoco te dan motivos suficientes para quedarte?


No se equivocó aquel que algún día dijo:

“querer es poder”,

pero hasta las personas más pacientes tienen un límite.


¿Dónde está el mío?

Imagina una cuerda con sus dos extremos,
En uno estoy yo y en el otro estás tú.

No importa la distancia, ni los quilómetros de cuerda…
Cada vez que tiro de mi extremo
siento tu peso al otro lado, y viceversa.

Es agradable, afable y complaciente
sentir que la cuerda es nuestra.

Pero cuándo me quedo sola tirando de mi extremo…
Sólo hay vacío y cansancio,

ese es mi límite.


Puedo pensarte, buscarte, hablarte,
desearte, anhelarte, adularte…
y hasta quererte sin límite.

Pero la cuerda siempre tendrá dos extremos:
el tuyo y el mío.


miércoles, 6 de febrero de 2013

Sorpréndame, señorita.





Mi piel depositada sobre aquella mesa fría me mantenía en tensión. Por un lado intentaba relajarme, pero por otro el helor en mi piel y mi precisa inmovilidad mantenían en alerta constante mi atención.

No podía moverme, no podía dejar caer toda esa fruta untada que decoraba mi cuerpo para él.

Sí, allí estaba yo. Tumbada sobre una larga mesa negra de cristal y con todo mi cuerpo desnudo cubierto de flores y frutas muy selectamente colocadas. Las chicas habían hecho un gran trabajo conmigo.

Hace unos días me dijo “Sorpréndame, señorita”. Y así lo hice, esa era la sorpresa que tenía preparada para su llegada.

Vagando entre mis pensamientos escuché un portazo. “Ya está aquí”, pensé. Y se me escapó una ingenua sonrisa. Oía sus pasos cada vez más cerca de la habitación y mi corazón se aceleraba…

De repente sus pasos cesaron a mis espaldas.

“Vaya, señorita. ¿Cómo sabía usted qué venía con apetito?” me dijo irónicamente. Mi sonrisa era constante. Se acercó hasta mi rostro, y acariciando mis mejillas me murmuró "Sublime. Voy a prepararme". Me besó en los labios y desapareció de la estancia.

Mi corazón volvió a dispararse “¿a preparase? Esta vez esperaba llevar yo las riendas de este caballo”, pensé. Pero había veces en que se me olvidaba su difícil control para dejarse llevar por mí.

Pasaron largos minutos, me impacientaba. Y la leche condensada y el chocolate que cubría algunas frutas, habían empezado a deslizarse por mi piel.

Lo oí llegar, descalzo y sigiloso, tan sólo con los pantalones de lino puestos y varias cosas en sus grandes manos que no podía ver bien.

Mis manos colgaban por ambos lados de la mesa. Él se sentó a mi izquierda, agarró mi mano y la embadurnó de un lubricante que olía  intensamente a chocolate…  Entonces, con una gran sonrisa en su rostro y sin dejar de mirarme, agarró con fuerza uno de mis pechos y empezó a lamer la leche condensada que se había derramado, mezclada con trocitos diminutos de sandía.

Prosiguió con el otro pecho, comía y lamía fogosamente todos mis senos rociados de dulzor. Me ponía de una manera descomunal verme así para su disfrute.

Se levantó. Y la tela fina del pantalón dejaba imaginar su pene erecto. Se bajó la cremallera, sacó su falo candente y colocó mi mano embadurnada sobre él. Empecé a masturbarle suavemente,  me encantaba sentirlo duro y deslizante en mi mano.

Mientras yo proseguía, él se inclinó hacía mi vientre y a la vez que besaba mi piel, comía las pequeñas nueces cubiertas de chocolate derretido. Empezaba a sentir que mi excitación ascendía por segundos. Y tenía que seguir inmóvil.

Conforme chupaba mi abdomen, extendió los brazos y colocó cada una de sus manos en mis rodillas, y empezó a deslizarlas con fuerza por mis muslos hasta el interior de las ingles. Sentía su pene cada vez más duro y palpitante en mi mano.

Mi exaltación en aquel momento quería empezar a mover la pelvis de placer. Pero no podía, tenía que controlarme para no dejar caer las fresas con nata que cubrían mi pubis, mi monte de venus. Y eso aún me mataba más de morbo, aprender en aquella situación a controlar mi placer que cada vez era más desbordante.

Su boca había empezado a llegar a mi pubis y sus dedos rozaban mis labios mayores ya mojados. Entonces paró. Se incorporó y me dijo “¿No vas a dejar que me lo coma yo todo, verdad? Compartamos las fresas que tanto te gustan…"



Así que seleccionó una fresa untada de nata, la paseó por mis pezones y lo introdujo en mi boca. Lo hizo con un par de piezas más y me ordenó  “Abre bien los labios y disfruta del chocolate como tú sabes”. Entonces introdujo la punta de su glande en mi boca y empecé a devorar tremendo caramelo.

“¿Te gusta?” me susurraba mientras apretaba con su mano mi cuello delicadamente. Y mi mano, tan cercana a él, estrujaba sus nalgas. Las arañaba en cada embestida.

De repente cesó. Su respiración era bastante agitada, y la mía también. Salió de la habitación sin decir nada y regresó al instante con una botella de Moët & Chandon.

“A mí las fresas me gustan con champagne”, dijo con una enorme sonrisa. 
Se dirigió al final de la mesa, abrió bruscamente mis piernas y mirándome lascivamente descorchó la botella…

Fue entonces cuando empezó a derramar el frío champagne por mi pubis, chorreaba helado por mis labios, por mi clítoris caliente. Se agachó y empezó a lamer y chupar mi vagina bañada en Moët & Chandon.

Sí, aquella situación libidinosa me estaba embriagando por completo y sentía que me iba a correr en cuestión de segundos.

Así fue. Me incorporé con brusquedad por los espasmos que cerraban mis piernas y sentía como mi orgasmo inundaba toda mi vagina, entremezclándose con su lengua agitada. Sublime.

Aun recuperándome de mis gemidos, agarró mis pies y me deslizó con brusquedad por la mesa hasta él. Me colocó sentada al filo, mis piernas colgaban en el aire. Sacó de su bolsillo una cinta de satén negra y ató mis tobillos a ambas patas de la mesa, de tal forma que quedaba totalmente abierta y dispuesta para él.

Con otra cinta roja, unió mis muñecas a la espalda. Fue entonces cuando con una mano agarró del suelo la botella de champán y con la otra introdujo bruscamente su pene en mi vagina. Empezó a follarme con brusquedad.

Me dolía, pero estaba tan tremendamente excitada que el daño menguó en segundos.

Follándome sobre aquella mesa, comenzó a derramar la botella de Moët por mis pechos en constante movimiento por cada embestida. El frío líquido erizaba toda mi piel y endurecía mis pezones.

Estaba empapada de cabeza a pies, literalmente. Y nuestros gemidos al unísono eran la constante prueba de la lujuria que invadía aquella habitación.

Observaba que él estaba a punto de correrse, pero paró. Sacó su falo de mi sexo, se acercó al sillón de al lado a coger alguna cosa y se arrodilló ante mi vagina.  “Recuéstate en la mesa y cierra los ojos”, me dijo.

Entonces sentí como un objeto vibrante empezaba a rozar sutilmente mi clítoris.  Era un potente vibrador que me llevó al éxtasis  con una facilidad exquisita.  Mientras me corría, acabó de vaciar la botella sobre mi cuerpo arqueado de placer en aquella mesa.

Desató los tobillos, mis pies estaban casi dormidos. Me puso de pie y me mandó a arrodillarme ante él. Cogió mi cabeza y me penetró la boca sin parar, controlando mis movimientos… hasta que sentí el semen cálido rociar mi lengua. Al momento, exhausto de placer, cayó de rodillas ante mí.

Transcurrieron un par de minutos jadeantes en el suelo hasta que se acercó a desatar la cinta  roja de satén que aun anudaba mis muñecas adoloridas.

Se arrimó a mis espaldas, me envolvió en sus brazos...
 y en aquel preciso momento nos hicimos infinitos. 



Judith Viudes




viernes, 25 de enero de 2013

COMPENSARTE CÓMO TE MERECES







Hacía más de un mes que no nos veíamos, y me dijo que me compensaría como me merezco. Así fue.

Recuerdo mi llegada al hotel, sublime lugar. Asia Gardens es un pequeño oasis tailandés en tierras mediterráneas, y simplemente con el hecho de visitar su salvaje y exótico paraje ya cumplía una de mis fantasías. 

A las 20:00h llegaba a la recepción de esos aposentos de fachada asiática y escarlata. Tras dar mi nombre, me guiaron hasta las puertas de una habitación.

Cuándo abrieron la puerta quedé pasmada. Una habitación con esencia a madera exótica, repleta de coloridas plantas cuidadosamente seleccionadas, sumergida en una tenue luz ambiental y velas corpulentas. Sí, estaba en Tailandia, sino fuera porque a través de los grandes ventanales de la habitación se podía observar el místico mediterráneo.

Mis ojos se clavaron en aquella cama de dosel con todas aquellas telas blancas descendiendo desde lo alto hasta casi rozar el colchón inmenso de aquel lecho, tan bien acomodado.
Al fondo, había un robusto y tallado espejo que reflejaba toda la habitación y daba más luminosidad a la estancia. Y sobre una pequeña mesa de piedra jaspeada, un sobre con mi nombre:

“Querida, voy a llegar con retraso pero disfrutaremos del postre. Deja la maleta, desnúdate y dirígete al baño. Tienes cosas que hacer.
Llegaré a las 22:00h. pero quiero que estés cenada y descansada. A las 21:00h. te traerán la cena a la habitación, me he permitido seleccionar el manjar que vas a degustar. Disfruta.”

Y así fue. Me desnudé y me dirigí ansiosa al baño. Para mi sorpresa, la bañera estaba llena de agua y repleta de hibiscus rojas, blancas y naranjas. Él sabía que era mi flor predilecta. La fragancia que inundaba el baño era admirable, olor a naturaleza selvática.

Al lado de la bañera había una cajita aterciopelada de color azul añil. Y dentro de ella un vibrador negro con un diseño esmerado. Junto a él, una pequeña tarjeta que ponía “Disfrútalo para mí, es sumergible”.  En ese momento pensé “¿Para ti? No cariño, esto lo voy a disfrutar para mí”.

Qué deleite. El agua caliente, el olor afrodisíaco y mi juguetito oscuro vibrando suavemente por mis pezones. Me gustaba sentir como los estimulaba y los endurecía debajo del agua repleta de flores…  Poco a poco sentía como el palpitar de mi clítoris pedía combate, ansiaba placer.

Vacié ligeramente la bañera y me coloqué de rodillas para que parte de mi cuerpo y mi sexo quedaran fuera del agua. Así podía sentir como la lubricación se extendía a mis labios menores, suaves y hambrientos.  Me gustaba recrearme con ellos, untando toda mi humedad por la totalidad de mi vagina, delicadamente suave. Sentía como todos mis labios estaban empapados y resbaladizos, mientras mi falo oscuro cabalgaba vibrante extendiendo aún más mi empapamiento.

Lo introducía ligeramente en mi vagina y lo friccionaba con movimientos de izquierda a derecha sobre mi clítoris, a la vez que pellizcaba ligeramente mis pezones. Mi orgasmo estaba a las puertas y mis gemidos cada vez retumbaban más álgidos en esas cuatro paredes.

…Empecé a sentir cómo llegaba mi clímax, todo un placer inmenso me inundaba y mis muslos se cerraron espasmódicamente al compás de mis quejidos.  Tiré el juguete al agua y coloqué enseguida mi dedo corazón en el clítoris, bailé con él y me volví a correr en cuestión de segundos. Podría seguir, tengo esa capacidad infinita… pero recordé sus palabras  “Quiero que estés cenada y descansada”.

Me coloqué un albornoz rubí, cortesía del hotel, y me tiré sobre aquella cama de ensueño. Al momento tocaron a la puerta. Era mi cena. El botones me miró tímidamente. Con las prisas no me percaté que el albornoz no estaba correctamente colocado y dejaba asomar parte de mi pecho, mi pelo semi mojado, largo hasta la cintura y alborotado, caía sutilmente enmarcando mi cara aun llena de excitación.

La cena estaba deliciosa. Carne con especias y guarnición de arroz, especializad de la casa. De beber, zumo de maracuyá recién exprimido. “Cómo me conoce”, pensé entre sonrisas.

Efectivamente, a las 22:00h. él entraba por la puerta, siempre tan elegante. Yo estaba allí de pie, y hundiendo su mirada en mis ojos se dirigió sin cesar hasta mí, apartó ligeramente el albornoz y mientras me miraba, rozó con sus dedos la entrada de mi vagina aun húmeda. “Buena chica, me has hecho caso”, me dijo mientras metía ligeramente sus dedos en mi boca y me besaba sutilmente en los labios.

“Ven aquí, siéntate”, me dijo mientras se colocaba al lado de una de las sillas que acompañaba aquella  mesita jaspeada. Me senté algo miedosa. Agarró mi barbilla apuntado hacia la cama y me dijo “¿Crees que he elegido por casualidad esta habitación? Esas telas colgantes no sólo están ahí para decorar”. Me estremecí de morbosidad.

Este hombre sabía cómo aturdirme de deseo. Mantenía la incertidumbre con descaro, y eso hacía que mi dopamina no decayese en ningún momento. Me fascinaba.

Me ofreció su mano y se la di. Me dirigió hasta los pies de la cama “Sube y ponte de rodillas”, ordenó. Entonces, allí arrodillada, sujetó mis brazos, los abrió en cruz y ató mis muñecas a las telas que caían por ambos extremos del dosel. Me retiró el albornoz y me dejó completamente desnuda para su disfrute. 

Delante de mí empezó a desnudarse. Maldito. Sabía agudamente que su cuerpo me causaba admiración, y allí inmovilizada no podía recrearme en él. Quedó completamente desnudo, y me fascinaba ver como su polla empezaba a ponerse dura.

Se colocó sobre la cama detrás de mí y empezó a besar mi nuca, deslizó su lengua siguiendo mi columna hasta llegar a mis nalgas. De repente, me mordió de tal forma que grité. Y casi sin tener tiempo a sentir más dolor, besó la zona mordida.

Agarró con una mano el pelo suelto que caía por mi espalda y tiró ligeramente mi cabeza hacia atrás. Con la otra sujetó su falo erecto y empezó a deslizar la punta de su glande por mi vagina. Me masturbó con él, rozaba mis labios menores, acariciaba mi clítoris con movimientos combinados y por momentos  introducía ligeramente la punta del glande en la entrada de mi vagina sin ir más allá.

Estaba gozando muchísimo y su ávida respiración me confirmaba que él también. Sentía su polla rociada y suave estimulándome sin parar, mezclándose con mi jugo apasionado. Mi estado de excitación era muy elevado.

“Mira al fondo y contémplate en el espejo”, me mandó. Y sí, allí estaba yo, atada de las muñecas, arrodillada en cruz, completamente desnuda y lascivamente observándome gozar con su pene resbalando por toda mi vagina. Preciosa condena.
Mis gemidos aumentaban por momentos, estaba muy cerca del orgasmo y él lo sabía, así que empezó a masturbarme con más entusiasmo y rapidez hasta que sentí como me corría por cada poro de mi piel. Me vi corriéndome en el espejo.
Mientras recuperaba el aliento allí inmovilizada, él se levantó y se dirigió a una pequeña nevera que había en una esquina de la habitación. Me encantaba ver su culo firme pasear delante de mí.  Sacó una bandejita llena de fresas rociadas con azúcar. Mi sonrisa fue inmediata, sabía que adoraba ese manjar.

“Te dije que disfrutaríamos del postre juntos, mi pequeña”, dijo dulcemente con una sonrisa. Cogió una fresa y la introdujo en mi boca… “¿Te gusta, verdad? Pues ahora te va a gustar más”, declaró. Agarró una de las fresas, abrió más mis piernas arrodilladas y empezó a deslizar la fresa por todo mi sexo. No sabía que con una fresa se podía sentir tal placer.

Entonces, bajó la cabeza hacia mi pubis y depositó su lengua en mi clítoris a la vez que introducía parcialmente la punta de la fresa en mi vagina. Untó la fruta completamente de mi excitación, para acabar depositándola en mi boca.  “Saboréate como nunca lo has hecho”, me susurró. Y repitió este libidinoso ritual con algunas fresas más mientras las comía conmigo y me comía  a mí.
Que morbosidad incontrolada la que me hacía sentir esa situación afrutada.

“Ponte de pie”, su orden me hizo descansar un poco los brazos al no tenerlos en tensión por las telas, me dolían ligeramente.  Al momento, él desapreció por el baño y regresó con una cámara de vídeo entre las manos, la cual conectó a la televisión que teníamos delante de la cama. En ese momento pensé que íbamos a grabarnos, pero no fue así.

Mi sorpresa llegó cuando en aquella inmensa pantalla de plasma aparecí yo recreándome en la bañera. Me había grabado mientras me masturbaba antes. Y entonces recordé lo que ponía en la tarjeta “Disfrútalo para mí…”.

“Ahora te voy a follar mientras te contemplas en el espejo y te follas en la bañera”. Se puso de pie a mi lado y estrujando mis nalgas me elevó de tal forma que mis piernas rodeaban su cintura. De repente sentí su penetración profunda, dolorosa. Y bailando allí suspendida, empecé a cabalgar fuertemente con él, mientras las telas tiraban de mis brazos con los movimientos.

A cada golpe de bajada mi clítoris tocaba su pubis y se estimulaba. Me estaba volviendo complemente loca de lujuria, mirara donde mirara todo era escandalosamente vicioso. Follándonos en directo reflejados en aquel espejo, jadeando tímidamente mientras me veía en la pantalla masturbándome lujuriosa en la bañera. Y mirándole a él exhausto, perdido entre mis gemidos entremezclados que hacían doble eco por toda la habitación.

Me iba a correr de nuevo. Esos golpes interminables sobre mi clítoris y mi excitación incontrolada de ver a tremendo hombre penetrándome sin cesar, me absorbían por completo.  Cuando depositó su boca sobre mis pechos, lamía y mordía mis pezones, entonces sentí que me hundía en un abismal orgasmo…

Volví de nuevo a aquella habitación, fue como si mi conciencia durante el éxtasis hubiera volado a otro lugar. Cuando abrí los ojos ya no estaba encima de él, no sé cómo volvía a estar medio arrodillada y suspendida por las telas. Él estaba arrodillado jadeando junto a mí, masturbándose,  y al momento llenó mi abdomen de su ardiente pasión seminal.  Dios, me encantaba verlo tan obscenamente entregado.

Por fin me desató y se tumbó junto a mí. Estábamos exhaustos... 

Y en aquel lugar casi utópico, descansando entre caricias y miradas, recordé que podemos ser dueños de todo lo que imaginamos.

Judith Viudes.








sábado, 19 de enero de 2013

Imagina




Me gustaba su olor, me recordaba a una efervescente fragancia de rosas y mar.

Me encontraba sentada y semidesnuda en aquella simple silla, el frío del asiento penetraba en mis nalgas de porcelana… Y él, detrás de mí, sabía cómo apartar con maestría los mechones de pelo que cubrían mi nuca para pasear su lengua por ella.

¿Sabes esa sensación cuándo la espuma blanca del mar roza tú piel húmeda e inunda cada poro de la piel con un cosquilleo salado?
Esa sensación es la que sentía cuando sus dedos, untados de saliva picante, rozaban delicadamente la areola de mi pezón. Recuerdo como humedecía la zona y luego soplaba… para acabar mordiendo sutilmente mi punta, erizada para él.

Tenía las manos atadas a los barrotes de la silla y eso me inquietaba, me descontrolaba imaginarme perdiendo el control sobre mí… entregándoselo a él por primera vez.
La cuerda presionaba mis delicadas muñecas, casi podía percibir la zona levemente enrojecida por la presión, pero mi atención se desvanecía rápidamente con el placer que sentía cuando sus manos grandes y cubiertas de aceite embriagador, aparecían desde mi espalda y agarraban intensamente mis pechos, masajeándolos de forma pausada. Resbaladizos y brillantes bajo esa tenue luz que inundaba toda la habitación.

Mientras, su aliento candente en mi oído, se fundía con su entrecortada y excitada respiración. Le gustaba verme inmovilizada, le ponía ver mis pezones firmes por su entusiasmo.
Se puso delante de mí, y sin dejar de clavar sus pupilas en mi mirada, se arrodilló en el suelo para estar a mi altura. Colocó sus rudas manos sobre mis rodillas y las abrió bruscamente sin pensarlo dos veces. Eso me hizo gemir levemente.

Ahí estaba todo mi sexo abierto, húmedo y semi descubierto para él. Podía notar como la fina tela de mi tanga negro había quedado atrapada entre los labios mayores de mi vagina. Y empezaba a empaparse de mi excitación incontrolada.

Me miraba morbosamente y esbozaba una media sonrisa mientras se levantaba y me dejaba allí sola. Atada, excitada, mojada y sedienta.
La incertidumbre me mataba, ¿dónde había ido? ¿Qué me iba a hacer? ¿Me iba a dejar ahí sola y agitada?

A los pocos minutos lo escuché de nuevo acercarse a mis espaldas. El corazón se me disparó y podía sentir las palpitaciones ruborizadas. Colocó una cinta malva de encaje sobre mis ojos y la ató con fuerza… 
Al momento agarró mi pelo y tiró, movió bruscamente mi cabeza hacia atrás. Se acercó a mi oído derecho y me susurró “¿preparada?” 
Sólo supe asentir con la cabeza, mientras mi respiración agitada estremecía mi ser. Sentí miedo a la incertidumbre.

Fue cuando empecé a sentir que paseaba un objeto duro y gélido por mi esternón empapado de aceite. Lo deslizó hasta mi boca y me dijo “abre la boca y saca la lengua”. Obedecí.
Supe lo que era cuando empezó a deslizarlo por mi lengua, un dildo liso de cristal.

“Humedécelo bien, vas a follarte”, me dijo. Y mientras lo lamía, empecé a sentir como pellizcaba con sus dedos mis labios mayores descubiertos y suaves. Empezó a apartar con sutileza la tela pegada a mi vagina y dejó todo al descubierto.
Apartó el dildo de mi boca y empezó a deslizarlo por mi barbilla, cuello, bajó por mi esternón, llegó a mi vientre, resbaló por mi pubis y lo depositó gélido sobre mi clítoris. Ejerció una pequeña presión y siguió friccionando con movimientos circulares. Estaba empapada.

Presentía que iba a correrme en cualquier momento. Era tan sublime la excitación y el placer que me hacía sentir que perdí la noción del tiempo y el lugar.
Y sin pensarlo dos veces embistió el cálido cristal dentro de mí. Grité. El dolor me hizo volver en sí, desperté de aquel éxtasis en el que estaba sumergida. Retiró lentamente el juguete empapado de mí y me cogió la mandíbula con su mano, me abrió los labios e introdujo la punta de su firme polla en mi boca. Qué deleite. Me excitaba recrearme con ella sin poder verla, sólo imaginarla y saborearla.

Ya había olvidado el dolor de mis muñecas presionadas e inmóviles. No sentía las manos, las tenía adormecidas. Me desató una mano de los barrotes y me colocó el dildo sobre ella.
“A ver qué sabes hacer con esto” me dijo, “pero no te corras hasta que yo diga”. Así que empecé a masturbarme con ese cristal… Mientras su falo viajaba a su parecer de mi boca a mis pechos intermitentemente.

Que sublime sensación… Sometida, sin poder ver, dando rumbo incontrolado a la imaginación, enormemente excitada, masturbándome con aquel cristal y la mano aún adormecida, sintiendo su miembro duro paseando por mis pechos y boca. Dejándome llevar.

“Si no paro me voy a correr” le dije entrecortadamente. De repente, el cesó y me quitó el dildo escurridizo de la mano. Se hizo un silencio, sólo se escuchaba la agitada y libidinosa respiración de ambos, entremezclada con la fuerte lluvia que caía afuera.

“Vas a correrte con la lluvia cuando yo te diga” me susurró rozando sus labios con los míos. Estremecí. Comenzó a desatar la otra mano que aún tenía anclada a los barrotes de la silla, completamente dormida, no la sentía. Me cogió del pelo y me guió a ciegas, salimos de la habitación y al momento sentí que estábamos cerca del balcón. “Quédate quieta”, me dijo.

Escuché como abría la ventana y sentí una bocanada de aire fresco que me dejó toda la piel erizada. Agarró mis brazos y me dijo seriamente “Sujétate con ambas manos a la barandilla del balcón e inclina la cabeza hacia delante”. Entonces sonreí. Empecé a sentir como las gotas celestiales de lluvia mojaban mi cara, mis brazos y mis manos… A la vez, tenía mis piernas juntas, sentía como el interior de mis muslos rozaban deslizantes por mi pura humedad.

Lo sentía a él detrás de mí, y de repente ¡Zas! Azotó fuertemente mis delicadas nalgas. Podía sentir el ardor de su mano marcada en mi culo. Entre abrió mis piernas y suavemente empezó a introducirme el glande duro y rociado de morbo, la metió hasta el final. Y cuando la tenía toda rígida dentro de mí, volvió a azotarme aún más fuerte. Se deslizaba hacia dentro y hacia fuera con una alterna mezcla de brusquedad y sutileza.
Allí estaba yo. Asomada al balcón, medio sumergida en la lluvia y penetrada sin cesar. Me flaqueaban las piernas de la satisfacción, había abandonado mi yo y se lo había cedido a él. Estaba haciendo conmigo lo que quería, y eso de algún modo me complacía.

Colocó dos de sus dedos sobre mi clítoris mientras me penetraba allí de pie. Me masturbó al compás de su baile y le dije “me voy a correr”, entonces aumentó la intensidad de sus movimientos pélvicos y la presión sobre mi sexo. En ese momento sentí como mi vagina empezó a contraerse espasmódicamente de placer, el orgasmo que sentí fue tan inmenso y eminente que perdí la tonicidad muscular y sentí caer al vacío…

Volví en si fugazmente y sus brazos rodeaban mi cintura desde atrás, me sujetaba para no dejarme caer medio muerta de satisfacción. Allí suspendida, entrelazada con él a mis espaldas y con su miembro aun duro dentro de mí… besaba mi lomo ligeramente.

Me elevó en sus brazos y me llevó suspendida hacia la cálida habitación. Me tumbó en la cama boca arriba y ligeramente se sentó sobre mi abdomen, juntó mis pechos con sus manos y colocó su pene entre ellos. Dios. Que desmedida fogosidad sentía mientras su sexo masturbaba mis pechos, mientras mis pechos masturbaban su sexo.
Aumentó la velocidad de sus movimientos y la presión sobre mis senos, me llegaban a doler ligeramente pero la morbosidad de la situación y sus gemidos irregulares de gozo podían conmigo.
Al momento sentí como su semen rociaba mi torso descubierto y desamparado. Sonreí. Me entusiasmaba saber que yo calmaba sus delirios de grandeza, que era yo quien calmaba su sed.

Se acercó a mi rostro y me retiró la venda que cubría mis ojos, por fin podía verle de nuevo. Tenía unos ojos negros penetrantes y esbozaba una media sonrisa blanca digna de anuncio.

Su cuerpo, completamente desnudo y cuidado, me estremecía de morbosidad. Solamente con observarlo, me complacía. “Quiero que veas cómo me bebo tu libido, exprimida para mí”, me dijo.

Así que depositó su boca sobre mi clítoris y se entretuvo pausadamente comiéndome. Mi mirada clavada en él, lasciva, aumentaba la dosis extra de lujuria que me hacía sentir. Y no tardé nada en volverme a sumergir en un orgasmo indescriptible… Sentí como bebía mi jugo exprimido para él.

“¿Qué estás haciendo conmigo?”, pensaba retumbante en mi cabeza, mientras mis piernas se recuperaban de las convulsiones orgásmicas.

Fue cuando entonces, semi desmayada de pasión, me cogió de nuevo en sus brazos y se sentó sobre la silla donde todo había empezado. 
Allí sentado, y yo abrazada encima de él, se aproximó a mi oído y me confesó:
“No estoy completo sin ti”.



Judith Viudes.